viernes, 4 de marzo de 2011

Prólogo de "Arca de aserrín" de Miguel Avero + un par de poemas de dicho libro



Aclaración: aquí va el prólogo del libro "Arca de aserrín", libro de Miguel Avero que tuve el enorme placer de prologar. Me tomo el atrevimiento de subir también dos poemas del libro. El mismo se puede encontrar:

Montevideo Shopping: librerías LIBROS LIBROS y BOOKSHOP
Librería PURO VERSO (18 DE JULIO Y ZELMAR MICHELINI)
Librería BOOKSHOP DE PORTONES
Librería EL VIRREY DE 21 DE SETIEMBRE Y CORONEL MORA



Presentación del libro:


En Uruguay se produce año a año mucha poesía. Gran parte de ella es editada y gran parte de la que es editada, a su vez, no responde a criterios de calidad sino a intereses meramente editoriales, y al poder adquisitivo y/o político de quien edita. Si a esto le agregamos que en Uruguay casi no se lee poesía, parece ser una obligación moral el asegurarle aquí mismo, al lector, que lo que tiene en sus manos es un libro que sin dudas merece ser leído. A partir de esta afirmación, la única de importancia, algunas cosas sobre Luis Miguel Avero y su Arca de Aserrín.

Miguel es un escritor joven (1984), montevideano, que a no ser por las colaboraciones que ha realizado a la revista Rio Grande Review, de la Universidad de El paso, Texas, permanece inédito. Yo lo conocí a mediados del 2010, y desde entonces he tomado contacto, cada vez más profundo, con sus textos. Para la conformación del poemario aquí presente el autor ha dejado fuera gran parte de su producción, que por cierto, no es de inferior calidad. He tenido la enorme suerte de observar el proceso de gestación que va desde la aglomeración inconexa de poemas, hasta la conformación de un libro, que como tal, posee una unidad temática y simbólica, y sobre todas las cosas, una cierta conciencia del autor sobre lo que está poniendo en juego, ya que al ofrecer su trabajo a un público, éste dejará en algún punto de pertenecerle.



No pretendo aquí agotar las interpretaciones ni tampoco predisponer negativamente el alma del lector que se acerca a estos textos por primera vez, pero si se me pregunta con qué ha de encontrarse uno al leer Arca de Aserrín, respondo lo siguiente:

Arca de Aserrín es un libro dividido en dos partes (Sin paraguas para los perros y La sombra en el agua), cuya unidad se da más que nada a nivel simbólico. El elemento simbólico privilegiado en el libro es el agua, el cual viene a conformar junto a otros elementos simbólicos relacionados, una multiplicidad de imágenes (lluvia, ventisca, humedad, arca, lago, etcétera). El agua además, por su propia naturaleza, no tiene un significado fijo, sino que a través de los poemas el mismo transmuta, se desliza, forma parte de diferentes asociaciones, en algunos casos, incluso contradictorias. Sin embargo, pueden reducirse todas estas multiplicidades a dos asociaciones primitivas: el agua como devenir, y el agua, en tanto devenir, como vida.

Esta transmutación simbólica cobra sentido en el trascurrir mismo del libro, y particularmente en su estructura. Los poemas de la primera parte tratan más que nada la condición humana, vista de una perspectiva universal. El uso de la primera persona en plural es bastante común y toca, de manera bellísima y poco estereotipada, la médula misma de la existencia. El agua es aquí compañera del hombre, de su miseria, de las consecuencias del devenir que se manifiestan en el rostro. Sin embargo, ella es la vida misma, y en los únicos dos poemas en los que está ausente (“Arca de Aserrín” y “Como una lámina”), es esta vida la que falta y se intenta recuperar.

Ya en la segunda parte de este libro, los poemas cobran un tono más íntimo, siendo La sombra en el agua la formulación de la misma condición de humana, pero desde lo personal, desde lo afectivo. El agua corre entonces entre los amantes, los cubre y los separa; su azul infinito marca el momento exacto en que todo comienza a disgregarse, en un sentimiento que a menudo es nostalgia, pero también a menudo es nostalgia del presente mismo, conciencia de la distancia y de la separación que arremete implacablemente luego del encuentro y la unión inconsciente.

Cuando leí los poemas de Miguel por primera vez, recuerdo haber pensado: “Escribe sobre cosas que están en el lugar común, y lo que escribe es bueno”. Sus imágenes se componen de elementos cotidianos, y los sentimientos que expresa el yo si bien son refinados, forman parte de una sensibilidad común; ¿qué hace de su poesía una poesía tan bella y profunda? La respuesta, como el problema mismo, es subjetiva. Sin embargo, me atrevo a decir que lo que más me atrae de su poesía es el lugar desde donde se expresa. Me refiero a ese sitio en el que el sueño y el recuerdo se entremezclan; al insomnio que acomete en mitad de la noche, que confunde la lluvia presente con la pasada, y lo que fue vuelve, como vuelve el dolor en las heridas viejas los días de humedad. Me refiero a ese entretejido de imágenes que, teniendo un sentido literal asociado a lo recordado, también tiene toda una correlación alegórica entre sí (no rígida, que no excluye lo literal), y apunta hacia la experiencia particular del yo, pero también y de manera un poco velada, hacia el cúmulo de experiencias depositadas en el inconsciente colectivo.

Miguel me dijo en un café: “estos poemas tienen mucho de fe”. Se trata de esas expresiones místicas que son verdades aún antes de que uno pueda desmenuzarlas. Valga como racionalización de la misma, el lazo establecido en los textos por el agua, que une a Dios y al Hombre, a lo infinito del devenir y lo finito de la existencia, y sirve de castigo, pero también anuncia los pactos. Es ese pacto el que se añora; la recuperación de un hombre mítico, inconsciente, infantil, primitivo, ese hombre que se añora en los sueños.

Finalmente, el libro se cierra de manera circular; “Epílogo” responde a “Prólogo”, plantado en el comienzo mismo, y de la infancia inconsciente en la que “la lluvia prologaba el porvenir”, se pasa a la vejez en la que “nada crujirá bajo tus botas”. Se cierra el ciclo vital, y la vida es pintada como si fuera un sueño, un desgajar (a veces placentero dejarse ir, a veces torrentoso e inevitable), una sucesión rápida de imágenes en una cama imposible, en la mirada perdida del niño sonriente “tras una ventana azul// como el sueño de los peces”.

Mucho se puede decir sobre estos textos. Pero mejor que eso, y perdón por mi insistencia, este es un libro que está pidiendo con justicia ser leído. Embárcate lector.

                                                                            Hoski, 3 de Enero de 2011



*Como una lámina

se retiró el océano,
todo resurgió con su rostro más violento,
con su cara de nada,
con su quietud de muerte.

Vidas que se volvieron piedra
de amar las profundidades,
misterio develado,
cristal de falsa diafanidad.

Montañas que se hicieron pequeñas,
casas que lucieron peces en sus ventanas
y desde ahora la imposibilidad

de valorar una moneda,
de señalar el arcoíris,
o de confiar en pactos.

                                 Miguel Avero



La balsa

Tiene mi costado un vacío latente,
un sector profundo
sembrado de silencios.

Día a día me embarco
en cuatro maderos destartalados;
el cielo no se cansa de guiñar mil ojos,
como un amigo cuyo rostro
no se reconocer.

Hay una cómoda paz
al estar a la deriva,
entre dos hondonadas,
cuando todas las orillas
ofrecen salvación.

A mi izquierda un niño saluda al lago
que devuelve el gesto
en un reflejo tembloroso,
a mi derecha un viejo sacude
un paraguas que nunca se abrirá.
Me pongo de pie para perder el equilibrio
y fundirme en alguna
de las dos profundidades,
pero ellas aun no se disponen
a saber de mi.
                          Miguel Avero

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