sábado, 17 de octubre de 2009

Hoski: Prólogo de "Stand By" (libro de cuentos inédito) + Imagenes alusivas.

Stand By
Prólogo del autor:
Antes de empezar a narrar las torpes historias de este libro, creo necesario hacer explícitas algunas circunstancias previas a la culminación del mismo. Esto permitirá darle un poco más de sentido a las decisiones que en él he tomado y ponerte de esa manera a ti, lector, en posición por la que puedas vislumbrar hacia dónde pretendo dirigirme en las próximas páginas.
Y es que estaba yo hace unas semanas esperando. Tenía un puñado de cuentos y la intención de agruparlos. Sin embargo, la culminación problemática de uno de ellos(*1) , y la maldita certeza de que no muy lejos me esperaba la tarea fría y cruel de la corrección, me impedían darle fin a mi proyecto.
El tormento, entonces, venía por partida doble. Por un lado invocaba la voluntad y el ingenio que no tenía para rematar ese cuento; por otro, me pasaba las horas encerrado en mi cuarto, cavilando respecto al libro. La disposición de los cuentos, el título, su enfoque, sus apocopes, etcétera, todo ello me alteraba y me tenía en profundo disgusto. En todo caso, sentía que lo mío era una porquería, una torpe yuxtaposición de historias recurrentes sin cohesión ni sentido alguno. Una acumulación de groserías y violencias sin objetivo; un atentado a la literatura, un escupitajo en la cara de mi familia, del Estado y especialmente, de las instituciones educativas de las que formo parte. ¿Qué había hecho con mi tiempo y mi energía?, me preguntaba por las noches, en medio de largos desvelos que venían a acosarme hasta el amanecer.

Sin embargo, no ha más de quince días toda duda y miedo llegaron a su fin. Era un martes de otoño a las ocho de la mañana. El sol ya podía verse en las ventanas y la temperatura estaba levantando; yo, en pie desde buen rato antes, comenzaba a sentirme un poco más vivo.
Mas, a pesar de mis indicios de buen humor, las circunstancias se empeñaban en perturbarme. Sentado en uno de los bancos largos de madera dispuestos sobre el pasillo de la policlínica barrial, me alteraba por el proceder de la burocracia hospitalaria. Ya habían pasado más de dos horas desde mi llegada y yo no podía parar de mirar el ticket, ese que me habían dado en ventilla un mes antes; ese que tenía un número de dos cifras, superior a cincuenta, que me partía los ojos y me encendía en roja cólera. Y al ver que hasta entonces sólo dos personas se habían aventurado por la puertita roja, (en la que una enfermera con gesto fruncido se dignaba a aparecer vociferando el número de quién debía ser atendido), mi paciencia se hacía añicos contra las paredes descascaradas del lugar, contra los afiches anti-tabaco pre-tabareicos.
Un mes antes, mi psicólogo privado había decidido derivarme al psiquiatra. La causa: mis problemas de ansiedad estaban desbordando todos los diques de la cordura, propia y ajena. Jamás nunca tuvo en cuenta que mandarme a atender en la salud pública uruguaya podía conducirme al suicidio. ¿Qué iba a hacer el señor psiquiatra por mi depresión y mi ansiedad luego de tenerme sentado esperando frente a su puerta durante horas, babeando de ocio, mimetizándome en la conversación y los hábitos de mis compañeros de círculo?

No lo pude evitar: me paré y me puse a dar vueltas por el pasillo. Llevaba las manos en la espalda y el cuerpo un tanto encorvado hacia adelante. Nuevamente el libro. Y luego dicen que el arte es terapéutico... ¡Hay que escucharlo a Freud!
Entonces me abordaron los problemas gramaticales. Preposiciones donde no debían ir, hipérbaton que alejaban al sujeto del verbo, oraciones demasiado largas, ausencia de pausas, hubieron y hayan, una cadencia demasiado tosca, anáforas y polisíndeton desmesurados que derivaban en estructuras paralelísticas innumerables y tediosas y finalmente, la combinación sistemática de todas esas imperfecciones en un mismo párrafo, venían a aplastarme con sus times new romans tamaño 12 y los subrayados rojos de mi amado procesador de texto. No necesitaba a la Real Academia como no necesitaba a los críticos; me tenía a mí mismo para meterme en la hoguera.
Además, el lenguaje. Se trataba de un problema jamás resuelto, de un problema que había negado entre delirios adolescentes y blasfemias reiteradas. Sin embargo, si pretendía ser un escritor de primera (y no otro idiota irreverente y mal educado), debía eliminar buena parte de los mierdas, culos, putos, pitos, hijos de puta y otras tantas sandeces de mal gusto que había insertado en mis textos. Es decir, debía acometer una tarea similar a la del niño que quiere sacarle la nata a su taza de leche, de leche vencida hace dos días; similar a la del oncólogo frente a la carne del paciente terminal, justo al momento de ver la placa... En fin, si quería ser un escritor en serio, ser editado y quizá leído, tenía que virar radicalmente mis rumbos estéticos. ¿Pero hacia dónde? ¿Cómo? ¿Con qué fuerzas?

-¡Número tres!- vociferó la enfermera. Su uniforme blanco estaba descocido; su pelo rubio: desteñido, del mismo color amarillo despintado de las paredes.
-¡Número tres!- volvió a gritar. De entre la multitud de señoras, señores y muchachos, salió un joven con la cabeza rapada en la que podían verse varias cicatrices, algunas antiguas y otras más recientes. Dio unos pasos hacia la puerta, dubitativo. Luego se arrojó al suelo. Ya allí, se decidió a tener un temblequeo convulsivo y violento y, finalmente, a dar unos giros impresionantes sobre su propia espalda, los que acompañaba de algo así como patadas, las que iba dando sistemáticamente a cada uno de los indiferentes espectadores que lo rodeaban(*2).
La enfermera metió la cabeza en el interior del consultorio y pronunció algo que no pude llegar a descifrar. Luego, se corrió de la puerta, dejando paso a dos enfermeros morochos y robustos. Los tipos se dirigieron al joven, lo tomaron de las axilas, y se lo llevaron arrastrando. De su boca salían unos aullidos grotescos; de sus ojos, una mirada que iba más allá de nosotros.
Finalmente atravesaron el umbral de la puerta. Entonces apareciose nuevamente la enfermera, que con lo más parecido que tenía a una sonrisa, miró a los presentes y se dignó a cerrar la susodicha puerta. Los presentes, por su parte, olvidaron rápidamente el episodio, concluyendo que era de más provecho continuar con sus interminables monólogos, sus juegos y sus secreciones hormonales sin control.

Yo por mi parte, no tuve mejor idea que seguir ampliando el surco. Me prendí un cigarrillo y continué con las cavilaciones. El tabaco me cayó mal (no había comido nada aún); me agujereó el poco estómago que me quedaba. Mi ansiedad y mi velocidad de caminata aumentaron. La languidez se apoderó de mi esófago. Ya nunca iba poder ser un verdadero escritor.
Pero entonces apareció mi salvador: José Luis, mi amigo. En cuanto lo vi sentí gran alegría, en tanto que más de dos semanas habían transcurrido ya desde la última vez en que nos habíamos encontrado. La barba le había crecido. Lo mismo podía decirse del pelo y de la desprolijidad en general. En esta ocasión traía puestos un pantalón deportivo descocido y un buzo de lana con unas figuras tejidas que parecían animales. Las figuras resaltaban en medio de la buzarda hinchada.
-¿Cómo estás? ¿Qué has hecho loco? – le dije en un arrebato de espontaneidad.
-Bien, acá ando. Llevándola...
-¿Esas clases?- José Luis es profesor de Literatura. Se recibió recientemente, y desde entonces ha tomado tres o cuatro grupos en dos liceos de Montevideo. La cosa está complicada, los alumnos de hoy ya no son los de antaño... Por suerte, se puede contar con el apoyo racional de las direcciones, los consejos gubernamentales y los sindicatos. José Luis sabe muy bien que hoy es el momento adecuado, el enclave histórico para cambiarlo todo, historia, estado y mentalidades. Además de esa certeza compartida, educación y política eran de nuestros temas favoritos y podíamos pasar largas horas discutiendo sobre ellos.
-Ah, las clases... Sí, las clases. Bien, bien. Divina Comedia, todo Divina Comedia- y ahí mismo se quedó cortado; los ojos mirando la nada, el gesto congelado. Cinco segundos después volvió en sí: -. Las clases van bien, dentro de todo bien. Iban bien. Bastante bien. Pero ta, me dieron licencia viste. Y ta, me dieron licencia y ahora no hay clases. Me dieron licencia- repitió, lleno de cólera, las venas saltándole del cuello.
-Sí entiendo- dije yo, como para calmarlo. Quedó nuevamente colgado. Una porra de pelo que estaba en una posición antigravitatoria le cayó sobre la cara y logró traerlo de nuevo al mundo. Las facciones le habían cambiado totalmente. Ahora parecía lleno de energía, henchido de esa jovialidad que siempre admiré durante nuestras adolescencias. Sus mejillas exhalaban un aroma a Voltaire; su boca era la boca graciosa del docente, la generosa boca del que enseña(*3)... La genialidad le salía por los poros.

-¿Terminaste el libro? – preguntó finalmente-. Leí los cuentos qué me pasaste.
-No lo terminé. Dejá ni hables de eso...
-¿Por qué? ¿Qué pasa?
-Bueno es que no tengo claro qué decisiones tomar en muchos aspectos de la obra. Y además, todavía no terminé Hacia Ítaca... Y bueno, estoy perturbado.
-Ah. Che, si querés te doy algunos consejos... Yo me anoté algunas cosas que podían serte útiles.
-¡Uh qué bueno! Sí, demás, decime... –expresé, jubiloso-. ¿No tenés un lápiz y una hoja así me anoto?-. Acto seguido sacó un lápiz lleno de mordidas, y un par de recetas médicas en las que podía leerse “crónico”. Una era para mí; la otra tenía la crítica mesiánica que me salvaría la vida. Me entregó la hoja y el lápiz. A continuación comenzó a leer y a comentar:
-Bueno, en cuanto a Hacia Ítaca, te diría que no te compliques tanto para terminarlo. No sé, hablá de cosas que la gente pueda entender. Poné algún joven idealista que ataque al sistema y acabe con el negocio capitalista alienante del cyber, algo así. Y te convendría sacar a los comunistas, y no sé, poner terroristas musulmanes... Te van a mal interpretar y no es justo con un pibe como vos. Ah y otra cosa; vos pretendés que tu cuento se entienda como una parodia o no sé qué a La Odisea. Mirá que la gente no lee. Ven el título y no lo compran. Así que mejor cambiale el título o ponele un apocope que explique qué es La Odisea y qué es lo que querés hacer vos en el cuento. Sino explicalo en el prólogo (y ya de paso comentás quién era Homero y todo eso). Capaz que todavía captás alguna vieja con pretensiones de culta que te lee sólo porque mencionás al haedo inmortal-. Mientras hablaba, iba alternando sus ojos entre mi figura y el papelito. Sus palabras empezaban a fluir con entusiasmo y su mano derecha, libre, retozaba en movimientos de toda índole, de aquí para allá, de arriba a abajo, al compás de la sabiduría.
-Mirá- continuó-, en cuanto al libro en general te voy a decir algunas cosas. La primera es que es le erraste con el nombre. Los neologismos y las voces extranjeras ya pasaron de moda. Te recomiendo que te vayas al cyber y busques en el Google algún nombre raro. No sé, fijate en nombres de especies animales y vegetales, o en procesos químicos o cosas así. A veces las palabras raras te hacen vender poco pero no importa, porque jurados de concursos, periodistas, críticos y profesores se excitan en la médula de la próstata cuando la palabrita desconocida que encabeza el poema no entendido cobra de pronto alguna denotación en el diccionario de la Real Academia Española. Y ellos son los que tienen la potestad de convencer al vulgo de que sos un escritor de los buenos. Así que, en fin, te recomiendo que reveas el título.
-OK- contesté yo mientras anotaba obedientemente en mi receta de Ribodrín.
-Y bueno, yo entiendo que seas joven y todo, pero no podés ser tan nihilista. Tenés que darle un poco de sentido, un poco de optimismo a la cosa. La gente lo necesita. La gente no precisa a Onetti; precisa a Galeano. Además, si estuviésemos en el 85’... Pero no; hoy las cosas son diferentes y todos podemos decir lo que pensamos. Así que ¿por qué ser tan ácido? Hay que ser más constructivo. ¿No te parece?
-No sé, puede ser...- pero no me dejó terminar.
-Y ta. No sé qué necesidad de andar poniéndose en contra de la gente. El pueblo siempre tiene la razón. Digo porque me parece que escribís bien, en serio, pero ta, tenés que darle un fin constructivo a tu libro. Uno no puede andar haciendo onanismo verbal, tiene que enfocar sus palabras en la realidad, en el día a día. ¿Me entendés?
-Sí...
-Bueno, por eso... Las cosas que decís a veces están bien. Pero tenés que dar esperanza. Tenés que mostrar que antes las cosas eran peor. Tenés que dejar claro que lo absurdo proviene de algún lugar; que la soledad de tus personajes es un mal social curable. Porque sino no hay solución. ¿Qué se puede hacer? Nada. Y así es como piensan los conservadores y los reaccionarios. Mirá, un consejo un poco atrevido, pero un consejo al fin: yo que vos meto alguna historia de un tupamaro torturado, o de un desaparecido. No tenés que ser muy crudo; podés insinuar, podés narrar cómo quieras, pero que quede más o menos claro que tipo de persona sos. Y si no te va meter un tupa, contate algo de la gente de Wilson, que de última todos parecen tenerlo por bueno. ¿Entendés? No sé, vos ves. Pero sería mejor que te hicieras algún cuento histórico. Porque tanta paja y tanta gorda y tanto vino no conduce a ningún lado, y yo qué sé, me parece que escribís bien. En serio te digo. Pero ta, te falta, todavía te falta.

Hizo una pausa. Miraba la receta como intentando entender algo. La daba vueltas y ponía gesto fruncido. Yo quería salir al solcito y fumarme un cigarro. Pero no podía; tenía que escuchar los consejos de mi amigo y preguntarle por aquellos puntos que más me alteraban. En cuanto a las modificaciones que me insinuaba, ya tendría tiempo de asimilarlas; aún no podía vislumbrar su verdadero alcance.
-Mirá, lo que te conviene hacer es un prólogo- dijo de golpe-. En el prólogo podés dejar claro que querés hacer con tus historias. Incluso no tenés que cambiarlas todas. Agarrás y declarás al principio del libro que a vos lo que te interesa es hacer una denuncia social y formar parte de una renovación artística, y ¡tarán! ya estás bien justificado. Nadie puede andar diciendo que sos un irreverente al pedo, o un anarco adolescente. Te lo digo porque te conozco y sé que no vas a cambiar todos los cuentos, y entonces así es más fácil. Acá tengo algunas palabras que te pueden servir para los fines que te he dicho:-acercó los ojos al papel y leyó- “democratizador”, “diversidad”, “equidad social”, “conciencia histórica”, “desarrollo”, “inclusión social”, “para el futuro”, “neo-liberal”, “imperialista”, “sentir adolescente”, “denuncia social”, “renovación del arte”, “compromiso del arte”, y un montón de derivados que podés lograr con la mezcla de todas ellas. No dejes nada librado a la libre interpretación, mirá que lo único que vas a lograr es tener enemigos.
-José Luis, una pregunta- dije yo, aprovechando que se había quedado sin aire-: lo que más me preocupa es el lenguaje y la gramática. ¿Tengo que rescribir todo de nuevo o dejarlo ahí para que se entienda que son intencionales? ¿Tengo que aclarar en el prólogo que no me importan los posibles errores?
-No. Lo que yo te aconsejo es que en el prólogo dejes constancia de que lo que tratás de hacer es imitar al lenguaje popular. Mandate una cita de El arte nuevo de hacer comedias y hacete el culto; escribí el prólogo con buen estilo y lleno de menciones a autoridades intelectuales; finalmente declará que no se te deben reprochar los errores de sintaxis y las ordinarieses lingüísticas en tanto que sólo son la imitación fiel de un mundo que pretende ser retratado, un mundo alienado, hijo de la marginación (ahí te viene al pelo cualquier intelectual progresista, el que vos quieras) al que vos pertenecés como hermano oprimido pero del cual estás implícitamente ajeno por tu nivel cultural, tus tildes y tus conocimientos de retórica, sociología marxista y mitología grecolatina.
-¡Ah, gracias! No sabés como me tranquilizan tus palabras. ¡Qué bueno! Y yo que pensaba que tenía que escribir todo de nuevo...
-No, para nada. Ahora, para el futuro: no te excedas con las parodias a los clásicos. Alguna de vez en cuando está bien, es ameno. Pero si se hace frecuente ya no es algo tan bueno. Los clásicos son los clásicos; aunque la gente no los lea siguen siendo los Grandes Maestros y uno no puede andar tomándoselos para la chacota todo el tiempo. Homero no es el Todo Da Silveira. ¿Entendés?
-Perfectamente.

De la puerta salió una vieja y con ella la enfermera. Ésta última se detuvo en el umbral. Luego miró su planilla y gritó: -¡Trece!
Era el número de mi amigo. Se despidió con un abrazo y me dijo: -Mucha suerte, no dejes de mandármelo cuando lo termines.
-Muchas gracias che, ¡no sabés cómo me aliviaste! Nos vemos-. Pero él no respondió. Caminó lentamente hacia la puerta, miró a los presentes y luego, cuando estuvo bien cerca de la enfermera, le ladró a su rostro impávido: -¡Divina Comedia, Divina Comedia; todo licencia, todo Comedia, todo güelfos, todo elfos, melón chorizo y tuco! Uno y uno y uno; dos. La providencia. Todo Divina Comedia. Lucy, Lucy, traeme las pantuflas...
Vinieron los morochos y se lo llevaron. La puerta se cerró y el monólogo final de José Luis se convirtió en aullido. Unos segundos después reinaban el silencio y la serenidad. Mi alma era una mañana soleada. Desde afuera entraban los silbidos de los pájaros y el bullicio de los niños yendo a la escuela. En mi casa me esperaba un libro que terminar...

Me dirigí a la puerta recién cerrada y le pegué un escupitajo verde. Luego di la media vuelta y me retiré. Ya no precisaba atención psiquiátrica. Mi número de atención se lo di a un viejo decrepito que tenía uno de tres cifras. Su cara fue de alegría. La mía también.
Y bueno lector, aquí tienes al bicho en tus manos. Ciertamente me ha costado muchas horas de trabajo y de ocio excusado en el mismo. No pido que te guste, pero si te gusta mejor. Como ya podrás saber, se trata de un trabajo comprometido con los más altos ideales y costumbres de este ilustrísimo país en que la fortuna nos ha hecho nacer. Una obra que ha intentado imitar, por un lado, los más altos cánones occidentales de belleza y verdad, y por otro, el tradicional espíritu crítico de la intelectualidad de esta bendita Latinoamérica libertaria tan querida, aunque pueda juzgarse fácilmente que no se haya acercado siquiera a ninguno de ellos.
En cuanto a los consejos de mi amigo, sépase que he seguido punto por punto cada una de sus palabras, excepto en una cosa: mi tentación por parodiar a los clásicos. Ciertamente no he podido evitarlo. Por ello, no me queda más que pedirles disculpas desde un comienzo: al ciego, al manco y al borracho con hemorroides; sepan perdonar mi torpe estilo y mi tono burlón sin gracia.
Desde ya muchas gracias:


Hoski 5 de Octubre de 2009


Notas: [1] Se trata de aquél que lleva por título “Hacia Ítaca”, una grosera parodia de “La Odisea”, que si no desistes en seguir, podrás leer más adelante.
[2] Para una mayor ilustración de la imagen recuérdese a las Tortugas Ninjas, y el giro que realizaba una de ellas en el suelo, sobre su caparazón. Como el lector recordará, acto seguido, los héroes verdes se encargaban de vencer a Destructor, siempre bajo el grito agorero de “Cawabonga” y la ayuda mediática de Avril O’Neill, periodista de Canal 4.
[3] ¿Con quién comparar su figura? ¿Con el magnánimo maestro de nuestra América Latina, José Enrique Rodó? ¿Con aquél gran filósofo cuya humildad cognoscitiva conmovió toda Grecia y le llevó directo a la cicuta? ¿Con el ex ministro de economía, educador humilde de los ignorantes legisladores orientales? ¿Con quién comparar la figura de mi amigo?
Imagenes: 1-Perro haciendo caca. Posible portada del libro Stand By
2-Fotografía de una edición original de Fundación y estatutos de la Real Academia Española.
3-Fotografía de mi amigo José Luis, junto a sus amigos Marcos y Agustín (derecha e izquierda respectivamente).
4-Escultura de Homero
5-Fotografía de una políclinica de algún país latinoamerica no identificado.
6-Retrato de Cervantes realizado por Eduardo Balaca.

1 comentario:

  1. Holaaaa! me encantó y me re colgué a leerte, al menos esta presentación esta muy buena.
    Tocas todos los temas : crítica al sistema, a la "cultura" gral actual e inda mais. Está bueno ponernos en el microscopio un poquito. Para darte una mejor opinión, dejame salir de los parciales para hacer un poco de lectura "fuera de programa" que como sabrás siendo estudiante del IPA como yo, en estos días (parciales y examenes) tenemos que priorizar las programáticas.

    Quedáte tranqui que yo te conecto con la gente de la Comisión Onetti.

    Saludos.
    Alejandra-1ºC_Lite

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