miércoles, 1 de julio de 2009

UN BLUES -LA RE Y MI- (Cuento, por Hoski) + Fotos de Morrison y Tom Waits (música para acompañar esta lectura) e imagen de Jesús

Un blues (La, Re y Mi)

Estaba sentado frente a la máquina leyendo alguna de esas basuras literarias que tanto me atraían. Pasando las páginas en el querido Microsoft Word, más que leer, arrastraba los ojos por encima del monitor. En una di vuelta el cuello, sin mover el culo de la silla, y miré el reloj de pared a mis espaldas. El de las agujas marcaba 16:02. De pasada, observé de reojo, inconsciente hasta más tarde de mi acto, el teléfono de la mesita, la cual estaba al lado del escritorio de la computadora. Estiré mi brazo y tomé el encendedor bic, que ya no tenía gas pero igual prendía (milagro en un mundo post-moderno), tomé un Coronado de la caja y lo prendí. Volví a la lectura, con unas ganas...
Y la vida, la vida se iba inevitable como el agua por el wather, en lentas y sistemáticas pajas, masturbaciones solitarias cargadas de odio y desconfianza. Cuan poco amor había en esas prácticas que llenaban las calurosas tardes de ese enero. Todo consistía en ser otra cosa, en mirar más allá y tratar de imaginar y de esconderse. Y luego culparse, que aunque se automatice la cosa, los remordimientos y la suciedad de espíritu nunca faltan.
Una paja tras otra, eso eran mis días, una simple agonía, una fuerza que me mantenía sentado en una silla frente al ordenador. Lo mismo hubiera dado que consumiese cemento o inhalase nafta; hubiera dado lo mismo. Mi vida se iba en una paja. Era como si Dios hubiera puesto una carnada entre mis piernas, un consuelo para tanta desolación. Y a mí que me importaban una mierda las estúpidas morales anti-onanismo... Por lo menos así me lo creía, así me lo ensoñaba. Sí, yo que me creía libre...
Este era un verano especial, porque era en realidad muchos otros veranos; otros veranos en los que experimentaba con completo entusiasmo el autoconocimiento de mi cuerpo, encontrando puntos ocultos y cultivando las culpas. Lo mismo hubiese dado que inhalase nafta. Y es que mis pajas siempre fueron un viaje, nunca fueron el placer en sí mismo, nunca fueron... No, sólo han sido el intento de alcanzar un paraíso multiorgásmico e inhumano en el que el ser eternamente, en el que el placer no perezca nunca, donde los prejuicios existan para quebrantarlos.
Pero entonces me voy y luego vuelvo lleno de melancolía, con la sensación de haber hablado con Dios (que me promete lo innombrable), y haber descubierto, instantes después, que todo era una broma de mal gusto de algún desdichado. Y entonces, cuando uno regresa ya sólo es carne, hueso y tendón; una masa torpe, inerte y perdida sin sentido.
Y los orgasmos... Los orgasmos eran la pobreza, la aspereza, el casi; los orgasmos eran una caída vertiginosa desde el Edén a la Tierra, una muerte. Los orgasmos eran el saber que uno jamás podría estar más arriba, más allá; los orgasmos eran un consuelo, una mentira popularizada, una emboscada de la natura darwinista siempre atenta a los detalles de la reproducción y la supervivencia. Yo sólo era una víctima, cayendo, rogando a Dios que hubiese algo más, otra cosa, algo que pudiese realmente embriagarme, no llenarme la panza.
Talvez fuera la venganza de esa natura, que viendo en mis asquerosos e impuros actos una forma de burlarla, de llevarme el cebo sin activar la ratonera, envenenaba el dulce que de esto yo obtenía. Ciertamente, me reía de la natura, y la natura se cagaba en mí, continuando con su afán pseudo eterno, como el tren más estricto que se ha visto, más complejo que la mismísima señorita muerte... Sí, que la señorita muerte, lacaya y sirviente, alcahueta y simplona.
Aunque alto el precio, no abandonaría mi mano; nada importaba. ¿Parece tan difícil de entender?.
¡No! nada importaba demasiado. A decir verdad, todo eso me importaba una mierda. En mi cabeza sólo había lugar para las cuatro pajas que me había hecho antes, sólo para eso... Tanto pensaba que se había acumulado una larga ceniza en la punta del cigarro. Giré hacia la izquierda y me agaché hasta la papelera; sosteniendo el cigarro con el índice y el dedo del gesto feo (nunca recuerdo su nombre), lo golpeé con el pulgar, arrojando la ceniza fuera de la papelera. Sin importancia.
En eso se tranca la máquina. Ctrol+alt+supr pero la puta parece no querer reaccionar. Últimamente ha hecho lo que quiere. El técnico señaló como causa un virus, haciéndome creer le iba a garpar 600 mangos por formatearla. Sí, una formateada y marcha todo, impresionante. Le dije que sí, que ahí va, y que eso del virus se lo mande a otro banana, porque yo no me iba a hacer romper el culo por un chanta (léase técnico) de computadoras. En eso se abrió el programador de tareas y todo fluyó. ¡Aleluya!
Entonces me levanté y fui hacia la heladera. Me dolía el culo, lo tenía dormido. Saqué una Pilsen de litro, fui a la cocina, la destapé y tomé un trago. Tiré el cigarro en un improvisado cenicero de madera que tenía en el cuarto y volví a mi querida silla. Pasé una página y tomé un trago largo de cerveza. En algún lado sonaban los Beach Boys cantando no sé qué mierda sobre California, y sobre las chicas y el verano todo el año. Qué tipos más al pedo, se nota que el clima cálido los trastorna, los estupidiza. ¿Eh? ¿Qué idiotez es esa del surf? Decidí que iba a escuchar al Rey Lagarto diciendo que había que tomarse el ómnibus azul y todos eso bonitos delirios a los que nos tenía acostumbrado hasta que se le ocurrió pasarse para el otro cuadro, el de los tranquilos. No encontré el disco. A la mierda con el Asesino, la autopista y L.A.; a la mierda con California.
Amigos, esto era el verano. El verano, el siempre querido verano. Uno esperaba durante todo el puto año la llegada del verano, desde mayo, cuando los días se hacen cortos y las mañanas muy frías (y los trigos encañan); desde mayo uno esperando a que llegue el puto verano, con sus días largos, con sus noches calurosas, con sus siestas de la tarde. Todo parece combinarse, invierno tras invierno, como una malévola poesía destinada a convencernos de anhelar su regreso. Y cuando allá por agosto estamos podridos de la estufa y de cortar leña y toda esa mierda, empezamos a mirar con buenos ojos enero y febrero. La imagen de la playa se hace en nuestras mentes. Entonces las putas vacaciones y los viajes extraordianarios y los amores de verano y las canciones inolvidables y los programas de televisión que siempre recordaremos, esos que nos muestran los yates y las mujeres en bolas, que cuando llegue el momento podremos contemplar si no nos echan a patadas del muelle privado en que se encuentran.
¡Sí!, esto era el verano, era la vida. El verano era la playa. La playa y los bikinis, todas esas mujeres semidesnudas bajo el excitante sol y sobre la arena brillante, haciendo su desfile durante la tarde. Eso y las cervezas, que empiezan a vaciarse a medida que el sol baja, siempre en la buena compañía de un amigo de ocasión. Y la noche en el parador de la playa, con más cervezas, o algún trago, el reggae o el blues (insoportables en cualquier otra ocasión) de fondo y la loca de Montevideo con la que estaría conversando bajo el humo espeso de un cigarro. Eso y las rocas, a media noche, las olas en la oscuridad realizando su espectáculo infinito. Todo eso era el verano. Eso y la resaca de la mañana, deambulando bajo el sol matutino, quemando la piel. ¡Ah! y el bronceador y los lentes. ¡Eso, eso era el verano!
Es decir una completa mierda. Todos esos que creen disfrutar de esta estación poco saben del spleen veraniego. Eso sí que está bueno. El sudor resbalando por el cuello y por el pecho, corriendo como el Miguelete, el sudor, inundándolo todo. El techo queriendo tocarte, aplastarte. ¿Cuántos hay? ¿45, 50 grados? Eso era el verano. Y mientras tomaba otro trago de cerveza, pensaba en todo esto y no podía evitar que esa sonrisa de hiena masoquista se escapase de mi boca. Todo era tan...No sé ¿Divertido? Y mi casa retumbando por la soledad, por la ausencia de mis viejos que se habían ido a no sé dónde mierda. Mis ojos estaban cansados por tener que leer en la pantalla asesina del monitor. ¡Monitor de mierda! ¡Ojos de mierda! ¡Libros de mierda, caros como la puta! ¿Cuánto me faltaba para quedar ciego? ¿Eh? Ahí sí que me escribo la Ilíada, viejo hijo de puta.
Además, el yanqui ese de apellido ruso me tenía podrido. Creo que eso mismo me hacía sentir identificado con la mierda que leía, con las andanzas de Chinaski, tipo jodido y difícil. Pobre Chinaski, de acá para allá, en la miseria de ser hombre. Cagado como el sólo. No, mentira: cagado como todos. Dicen que el yanqui este fue el último poeta maldito, aunque yo no le veo mucho de Rimbaud.
Prendí otro cigarro, previo trago de cerveza. El teléfono me intimidaba con su mudez; se erigía como mi peor enemigo; podía verlo perspicaz y atento.
¿Y si me fuera...?. Podría apagar la máquina, terminar mi cerveza y mi cigarro e irme a la mierda. Cerraría las puertas con llave, me tomaría el ómnibus para cualquier lado. Aunque fuese tarde para la playa y temprano (muy temprano) para la noche, eso no importaba demasiado. ¡No!, no importaba. Podría arrancar para cualquier lado. Incluso antes podría pegarme un buen baño. O agarrar la bici y dar alguna vuelta. La cosa sería levantarme de la silla; apagar la máquina. También podría llamar a la casa de mis amigos, alguno seguro estaría. Podría hacer mil cosas. No hice ninguna. Bueno, me quedé sentado en la silla, lo que constituye una actividad considerable, ¿no? ¡Ah! Y di otra calada al cigarro.
Lo que no pueden negar es que esto era la vida, la vida en esencia. No pueden negar que era yo una perfecta metáfora de la humanidad, una metáfora del hombre del XXI, una metáfora del hombre en todos los tiempos. ¿Y qué hacen las gentes además de una gran paja? ¿Acaso son sus vidas asquerosas más que eso? El hombre del XXI, perfecto trabajador de ocho horas con diversión de los sábados, encerrado, alienado, preso de su trabajo de hormiga. Están construyendo el Final, montados en una máquina infernal de destrucción, metidos en un sistema del que no se puede salir, como el peor de tus sueños laberínticos. Lo mismo daría que inhalasen nafta, el trabajo es una adicción pegajosa de la que no pueden escapar, en la que los tipos se refugian del mundo circundante, de los demás humanos. Es como si estuviesen en mi cuarto, sin hacer nada productivo. ¡Ja!, productivo, digo productivo, digo ¡Amén!. Todos ellos, suicidas en acción, dan la espalda a la vida, gustosos. ¡Cuán parecidos a mí son todos ellos, cuán en mi seno los recogería si fuese Satanás! ¿Quién hubiera dicho que con una política de antipatía, egoísmo y malos modales, íbamos a estar tan unidos en un fin común?
Si yo fuera el Diablo, además, invitaría a mi fiesta de cumpleaños a los revolucionarios de bolsillo, todos aquellos que osan creerse fuera. Los Che de celular, los hippies y todos esos que se creen felices y valientes cual Quijote allá en la Mancha. Todos adentro. Yo también era metáfora de ellos y de su estupidez. Metáfora del punk que cree en el escupir y en el romper. Yo era metáfora de la humanidad.
A ver un poco: ¿a qué hora llega Jesús?. Hace como dos mil años que esperamos como unos giles a que caiga de nuevo por acá. Seguro que ya ha bajado algunas veces a la Tierra y nadie lo ha reconocido. Seguro que terminó entre las brazas de su apostolado misericordioso, entre las llamas de sus excitadas ovejas alzadas. Las veces que deben haberlo colgado al pobre Hijo del Hombre. Y nosotros como los idiotas más grandes, esperando, esperando... Buscando como perro sin hueso, como actor fuera de escena, esperando, creyendo en el regreso y la Restitución de tanto quilombo. Eso o algún paraíso terrenal tipo final de la dialéctica histórica o Estado Positivo. ¡Ay Dios! Todo al pedo, porque el sorete ya se aburrió de los pirotécnicos y tirapiedras que son los malcriados hijos de su padre; sus hermanastros. Dice que vuelve el día del tercer golero.
Y mientras tanto, acá abajo, vamos montados en el Negro Corcel de la Destrucción, como los hijos de puta más grandes. ¡Tomá Dios, acá tenés tu Creación! ¡Fumate ésta Padre! Estiramos a la Madre Tierra como un chicle, a ver hasta cuánto aguanta. Madre puta. Natura suicida. Fuera de la natura, somos su semen en el polvo, su producto más refinado, su antítesis más sutil. Somos la locura de la evolución, hechos para el suicidio, para terminar con todo, para acabar con el Padre y con la Madre, con todo. Pobres de los que dicen oponerse, pues no saben lo que hacen; los ambientalistas, los revolucionarios anticapitalismo, los religiosos, no hacen más que aumentar la confusión, avivar el circo, avivar las llamas. Ellos también juegan con nosotros, es decir en nuestro equipo. Estamos creando el Apocalipsis desde una silla, frente a una computadora. Lamed con gusto las pezuñas del Leviatán, saboread este Babel delicioso, gozad la tristeza del onanismo triste, del pecado germinado en nuestras almas por milenios de miseria. Bienvenidos a este Oscuro Tren, asesinos a semiinconsciencia. Bailemos...
-¡Ringgggggggggggggggggggggggggggggggggggggggggggggggggg!
(Entonces pasan por mi cabeza mil imágenes en un segundo, como un haz de luz alumbrando un cuarto a oscuras. Mi corazón acelera implacablemente, se desborda, parece salirse de mi pecho. Encarnan en mi alma un montón de ilusiones, emanan de mis rincones y me cuesta reconocerlas. Me sube la temperatura. Empiezo a pensar en salir, en apagar la máquina. Seguro que era ella la que llamaba... Entonces, estiro mi cuerpo y mi brazo hacia adelante, a la derecha. Me estoy cagando en el Fin del mundo y en la alienación; me cago deliberadamente en Chinaski, me cago en la Revolución y en la reflexión contrarevolucionaria, y en Dios y en Nietzsche, en todo. Sólo tengo un montón de rosas brotando bajo el tibio sol de octubre, bajo la brisa ligera; sólo hay lugar para mi canción preferida, tres veces repetida antes de irme a acostar; sólo caben los recuerdos de mi infancia, mis poesías más amadas... ¡Sí!, así era la procesión hermosa que cantaba la muerte de Baudelaire, la muerte de...)
-¡Ringggggggggggggggggggggggggggggggggggggggggggggggggg!
Tomé el tubo, ¿qué más podía hacer?
-¿Hola? – pregunté, con el corazón en la boca. EQUIVOCADO. ¡Qué pedazo de hijo de mil putas! El teléfono se ríe de mí. Se queda en silencio, quieto, indiferente, pero yo sé que se ríe, que se está vengando de los golpes que le doy de vez en cuando.
Tomé el último trago de cerveza y tiré la botella contra la pared, un truco recién aprendido. De paso pité el cigarro y terminé de matarlo. Lo apagué en el cenicero. ¿En qué estaba? ¡Ah, sí! , Chinaski regresaba a la oficina de correos. Miré el reloj, aliado discreto del teléfono, quien gozoso me mostró que eran las 16:12. Me acomodé en la silla; esta iba a ser una tarde larga.








Hoski 10/3/06 – 3/6/06

Primer Premio Narrativa Joven Casa de los Escritores del Uruguay 2008

2 comentarios:

  1. el todo de una típica tarde veraniega en el limbo.
    excelente.

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  2. Gracias, che. Curiosidad: nos conocemos? Abrazo!

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