domingo, 28 de junio de 2009

Hoski "Una noche en Willow Grove"

Una noche en Willow Grove








                                            Al Chango: por muchas
otras noches en Willow Grove

        Eran como eso de las diez y media y ya hacía rato que había salido del baño. De pie en el living, tenía la llave en el bolsillo, los documentos que no le mostraría a la policía si me detenían por algo, y los pocos pesos que había podido reunir en la semana, teniendo en cuenta que no trabajaba. La demora en la salida empezaba a ponerme molesto, como si el tiempo muerto se acumulara progresivamente en mis hombros. Finalmente, oigo que alguien golpea la puerta. Es Édrian, la versión más heavy de mi amigo Adrián. Lo hago pasar. Los cierres y cadenas de su campera de cuero chocan contra el piso rústico, haciendo un ruido como de campanas y yo no sé qué mierda anuncian. Me pongo mi chamarra, agarro mi armamento, y salimos. Cierro la puerta con llave.

        Las calles de este barrio de mierda están muertas como siempre. Todo vacío, todo apagado. Ni siquiera un drogadicto en una esquina o algún pendejo enchufado a su ceibalita. Nada. Sólo las casas de los trabajadores durmientes, y los espacios de esparcimiento inexistentes, jamás planeados por los jamás habidos planificadores urbanos de este país sin nunca jamás nombre... Mi pensamiento es interrumpido por la imagen de un perro parado en dos patas en el canasto de basura de una casa. Mientras
desagarra la bolsa a mordidas bruscas, va moviendo rítmicamente la cola. Me detengo y le sonrío; se detiene, me mira y me sonríe. Seguimos nuestro curso.

        Finalmente llegamos a la casa del Negro Agustín. Tocamos timbre. Y allá salió el padre, requemado porque estaba durmiendo. Y así nos fumamos la primera puteada de la noche. Que cómo van andar jodiendo a esta hora, y que no tienen educación, y que Gerardo (primer nombre de nuestro amigo) no va a andar saliendo con este frío, y que nosotros tampoco debíamos salir y que no sé qué más. Luego hizo un silencio repentino, nos dio la espalda y se cagó de la risa. Nos invitó a pasar. Y estuvo bien, porque con el Negro la espera siempre da para rato. Y más si se tiene en cuenta que recién había entrado a ducharse. Conociéndolo, sabía que nos esperaban como cuarenta y cinco minutos de paja...
        Y mientras aguardábamos en la cocina su tan ansiada salida, me prendí el primer cigarro de la noche, es decir mi segunda puteada. No dudaron en acusarme de pervertido sexual, de drogadicto, y mala influencia. Lo divertido era que el padre del Negro ponía como ejemplo a Édrian, un chico trabajador y saludable, poco más que humano. Tenía que tomar ejemplo de mi amigo, que no se metía porquerías en el cuerpo, que no era tan bobo. Finalmente, se cagó de la risa y me palmeó el hombro. ¡Ja! Se fue hasta la despensa y yo seguí a Édrian hacia la sala comedor. Al cruzar tiré una portátil. Se hizo mierda contra el suelo. El primer destrozo de la noche, hoy sí que iba rápido. Escuché la voz del dueño de casa diciéndole a su hijo que se apurara, que quería la casa intacta. Si nos quedábamos diez minutos más, se venía todo abajo. Para enfatizar lo dicho, caminó hasta la puerta del baño y comenzó a golpearla a piñazos, al grito desesperado de “apurate hermano”. Luego, se dio la media vuelta, se sentó en una silla y se cagó deliberadamente de la risa.
        Y allá salió el Negro, sin camisa y con una toalla en la cabeza. Supongo que es mi deber describirlo: era alto, un metro ochenta y cinco, medio flaco, de piel bien negra y motas, además de ojos marrones, color café barato. A menudo se le llenaba la cara de acné, un problema bastante grave que parecía iba a dejar secuelas. Sin embargo, como no me encuentro en un pasado tan lejano como el que indican los tiempos verbales que
uso, no me es posible adelantar nada (1)...
Lo acompañamos a su cuarto. En ese momento, su hermano menor, con quien comparte la pieza, estaba apretándose a una morocha bastante mayor que él. Agustín les pidió amablemente que salieran. Ella se subió la falda y rumbearon para la sala vacía.
        Entonces, el Negro procedió a vestirse. Llevaba diez minutos de parsimonia y bolas tristes cuando Édrian se calentó y le propinó un par de piñazos en las costillas. ElNegro reaccionó. Se puso la campera de cuero y los vaqueros, metió la billetera en el bolsillo y dijo: vámonos. Y nos fuimos no más. Mas no habíamos cruzado aún el portón del frente, cuando el padre del Negro nos obligó a detenernos. Nos miró como cinco
minutos con cara muy seria, como escrutando la verdad oculta detrás de nuestros pecadores rostros. Siguió mirando, pasando sus ojos por sobre nuestros cuerpos y nuestras almas, indagando sin palabras, escuchando el silencio. Nadie se atrevía a preguntar qué pasaba. De hecho, yo llegué a creer que nos iba a aconsejar que no hiciésemos algo de lo que sospechaba hacíamos. El aire se volvía duro. Redobló sus miradas, ajustó sus gestos y puso tenso el bigote. Luego retrocedió un paso, dio la media vuelta y empezó a cagarse de risa. El Negro dijo: “no le hagan caso”. Se siguió riendo. Nos fuimos y enseguida nos olvidamos de todo.

        Llegamos a la parada. Por supuesto perdimos el ómnibus. Así que tuvimos que esperar como unos imbéciles por cuarenta minutos. Finalmente llegó el transporte de mierda. Venía bastante atrasado. El chofer no se dignó a frenar del todo para que subiéramos. Édrian puso cara de loco y el conductor le devolvió la suya: una cara de orto que decía “apurate pendejo de mierda”. Como ascendíamos demasiado lento, el recto del rostro se le fue frunciendo de tal forma que daba la impresión de estar en el momento orgásmico justo en que sale la caca del ano. Entonces, justo entonces, Édrian le pregunta amablemente:
        -¿Qué me mirás, tengo a tu madre en bolas en la cara?
        -¿Qué te pasa? – Le contestó el conductor, como esperando redención en los tres pasajeros ansiosos de llegar a destino. Lo miré largamente y le dije:
        -¿Por qué no te apuraste, no ves qué ahora ya se clavaron a tu mujer, pajero?
        -¡Ustedes se...! – Y la frase quedó cortada por un cadenazo. Édrian estaba en la escalerilla del vehículo, que aún no había arrancado, y revoleaba ahora su mejor arma. Se la había dado entre el hombro y el cuello. Empezaba a brotar la sangre. Pateamos la puerta ya cerrada y nos bajamos. El ómnibus arrancó. Teníamos al menos otra hora de espera. Y pues no hicimos otra cosa: esperamos. El ómnibus volvió a pasar: nos subimos, viajamos como pasajeros normales y tras tan intricado periplo, llegamos a nuestro querido Willow Grove.

        En Willow Grove hay varios bares y pubs. Uno de ellos es el llamado popularmente Ombligo, mezcla de cyber café con pub, sitio para idiotas pija grande, ganadores del chat y del pool (que palabra tan vulgar, tan monosilábica, por Dios), arrabaleros del siglo XXI, verdaderos triunfadores de la vida. El lugar estaba siempre atestado de minitas fashions, tipos de camisa y baquero y algún que otro rocker ensayo mal encaminado de falopero a lo gran ciudad. Por lo demás, las gallinas nunca paran de cacarear, que dame otra ficha, no, no te pedí un Coronado 10, ah y una hora más en la máquina 6, ¿puede ser?. Y no sabés, la gorda puta esa se cargó a mi novio. ¿En serio? Sí boluda...

        En fin, en fin, el Negro en el Ombligo tenía mucha popularidad y antes de que se le ocurriese la temible idea de que arrancásemos para allá, Édrian se puso al frente de la caravana y cual Moisés, nos ordenó:
        -¡¡Vamos pa' la Sede!!
        La Sede del Club Social y Deportivo Willow Grove es el gran bar del pueblo, nuestra pequeña Meca. Caminamos hacia allí, bajo la oscuridad de las calles y los ladridos ausentes de los perros. Paro y mi retraso. Me arrimo al muro de la casa de una vieja (antigua clienta de mi madre), bajo el cierre y me pongo a mear. Mientras lo hago, no paro de observar mi pitito arrugado y peludo. Entonces me invade implacablemente la idea obsesiva de una verruga, de dos verrugas, de aquella cara llena de verrugas sin afeitar que me atormentaba cada mañana de sábado, que me agarraba los cachetes, ofreciendo los caramelos que no me decidía jamás a rechazar. Hoy, si se ofreciera a agarrarme la pistola tampoco tendría el valor de rechazarla; es que la noche está tan fría...
        Me abroché el cierre y un súbito pudor se apoderó de mi espalda: la próxima vez mearía en otro lado. Mis amigos me esperaban: troté hacia ellos, los alcancé; llegamos. La Sede es un lugar hermoso, una especie de paraíso terrenal para los sarracenos del vino como nosotros. Sus habitantes, algunos viejos, otros no tanto, son la nostalgia viviente, la mentira exagerada, el cuadro patético y sin embargo tan necesario de cualquier Onetti, de cualquier Jaime Roos, del Zitarrosa jamás faltante en la radio antigua del fondo del local. A menudo nos sentamos en una mesa y dejamos que las palabras y el vino corran. No somos originales; ya hemos perdido toda pretensión de serlo.
        Hoy, sin embargo, no era una de esas noches. No tendríamos una larga charla con nuestro amigo el cantinero, ni romperíamos alguno de los cuatro vasos promedio que hacemos mierda por sábado. No, hoy sólo estábamos de paso.
        Entramos, saludamos y nos dispusimos a comprar la sangre de Cristo cortada con Teen. Mientras, me prendí un cigarro. El cantinero me recordó que andaban bravos con lo del humo de tabaco en los lugares públicos, así que me fui a fumar afuera. Allí esperé a mis amigos, que un par de minutos después, aparecieron con dos litros del vino más barato, perfecto para arruinarnos. Así cómo llegó la botella, se la arrebaté de los cariñosos brazos al Negro y le pegué un trago. Ese vino era una chanchada; ¡qué cosa más rica!.
        Empezamos a caminar por las periferias del pueblo. Édrian hablaba, el Negro escuchaba y yo fumaba y tomaba alternativamente. Aparte de lo dicho, en ese rato no se nos ocurrió nada digno de mención; alguna que otra corrida, algún que otro personaje recurrente, lo de siempre. Estábamos demasiado bien como para que nos pasaran cosas.
        Cuando la botella iba ya por la mitad, regresamos a la plaza. Encendí mi tercer cigarro y le pasé el vino a Édrian, que esta noche estaba tranquilo y daba la impresión de que no se iba a empedar. En fin, uno siempre puede equivocarse.
        Dimos una vuelta y nos sentamos en uno de los bancos, frente a la estatua del prócer local. Esta noche parecía cansado, sable triste y cola de caballo caída. Ni siquiera las palomas le hacían compañía. A él, justamente a él, héroe de los asiáticos, luchador rousseniano de la independencia, a él, federal y demócrata, americanista y amigo de los indios. ¡Ay camarada, si no estuvieras sobre un pedestal de diez metros de altura te convidaría con un poco de nuestro vino, que tanto respeto te hace mal! ¡Estás hecho una piedra, mirate! Tu espíritu bandaorientalero no se consuela conque el pueblo de Willow Grove y La Patria toda te rindan tributo. ¡Ay querido José Gervasio, socialista prematuro, soldado de la Nación, gaucho anarquista y social demócrata, militar de la colonia, blanco, colorado, bolche: viva tu nombre, carajo!.
      
        Y entonces, supe repentinamente que yo ya no era el mismo. Luego, una observación fugaz de mis compañeros me permitió constatar que su estado no era mucho mejor que el mío. Estábamos bien en pedo e in crescendo; tirados en el piso, arrastrándonos como gusanos bajo la idea obsesiva de ser orugas japonesas en plena creación de la seda. Yo lo adoptaba como algo natural y el resto de la manada también: no cabía discusión, éramos orugas. Sino, ¿cómo explicar que al pasar el móvil de policía a veinte metros, no nos llevaran en cana? Éramos orugas camufladas.
        Pero orugas y todo, se nos acababa el vino. Y allá fuimos los tres a pelear por los últimos restos de la botella. Édrian y el Negro se disputaban finalmente la bebida y yo me decidí a ayudar a éste último, a ver qué provecho podía obtener. Hicimos caer a Édrian y Agustín corrió lejos con la botella. Así como el perro pequeño, luego de robar a otro de mayor porte el hueso que le pertenecía, huye lejos con lo hurtado para de tal forma disfrutarlo en la seguridad de la distancia; de tal manera, el Negro, obtenidos los dos buches de vino que le quedaban a la botella, se alejó con ellos hacia el otro extremo de la plaza para poder beberlos en paz y sin golpes en las costillas.
        Yo corrí hacia él para reclamar mi parte del botín. Édrian se repuso y vino tras de mí. Mientras rengueaba hacia el Negro nos gritaba con fuertes voces:
        -Hijos de la burguesía occidental, ¡todos para Siberia!. ¡Amigos del Imperio, perros falderos del Diablo, devolvedme mi botella o los extradito pa' las estepas manga de putos!
        El Negro egoísta se devoró él sólo nuestro líquido preciado. Fue necesario aplicarle castigos. Luego, nos volvimos a sentar, a esperar que nuestra sangre terminara de asimilar el alcohol. Entonces se inició una loca procesión de personajes willowgrovenses que, en un orden cronológico completamente alterado, fueron cruzando ante nuestro banco, dejando sus palabras, sus botellas o sus tabacos. Nosotros, jueces de la humanidad que pasaba, les dábamos las risas con que los juzgábamos, la indiferencia o el abrazo con el que los repelíamos o invitábamos a nuestras charlas.
        Aparecieron, el Molo, el Punk, el Gato, el Joselo, el Metalero Saravista y otros tantos seres de la fauna autóctona, que en largos parlamentos fueron exponiendo el pensamiento del pueblo. Para hacerse una idea casera de lo que se trata, mézclese vino tinto con nacionalismos exacerbados, marxismos de cuarta y filosofías antisemitas burgueses. A lo dicho, agréguese (hágaseme el favor) un toque de hippismo, una pizca
de anarquismo punk y dos gajos de reivindicación de lo que sea. Ahí ya tiene usted un poco de filosofía de Willow Grove, filosofía callejera y bien popular.

        -Motorhead es re metalero-, decía Édrian con gran convicción. A lo que el Punk le replicaba sabiamente:
        -No, Motorhead es re punk.
        -Para mí que es Zamba- dijo el Negro, dirigiéndose más bien a mí.
        -No, pero los punteos son bien metaleros. Y la distorsión de la batería es remetalera.
        -No, boludo, Motorhead... Motorhead es cumbia mezclada con milonga, tipo Comanche- dije yo, como contestándole al Negro.
        -¿Lo qué? La batería es tu-pa-tus-pa, bases re-punk. Además los locos tienen salada cabeza, no están a favor del Demonio sino que en contra de los burguese’ putos. Salada cabeza tienen los locos. Son medios bastante cualquiera porque son yanquies y encajan y ni punk son los mierdas esos.
        -Por eso, por eso. Los locos son metaleros...- precisó Édrian, pero el Punk cortó.
        -Son Punk los locos. Tienen salada cabeza.
        -Sí pero la música que hacen es tipo power string dummer summer métal.
        -Pah entonces son re-putos.
        -Capaz que algo de punk tienen, no sé...
        -¡Motorhead es Bill Clinton!- grité yo.
        -Sí, el cabeza de motor- dijo el Negro-; salada cabeza tienen los locos.
        -Mismo- dijo finalmente el Punk, dando por finalizada la discusión. Así como vino, desapareció.

        Entonces volvimos a quedar solos. Esperamos y nada pasó. Teníamos que irnos a la mierda, a buscar aventuras sexuales, a tirar piedras a las casas, y principalmente, a comprar más vino, que después de todo sólo habíamos tomado dos litros. Nos costó convencernos del viaje, pero lo logramos: nos paramos y tomamos rumbo. Y el mundo se movía y nos golpeaba y finalmente dimos todos en tierra. No había remedio: éramos orugas, orugas del vino sedientas arrastrándose por entre las plantas de la plaza. Alguien se tiró un pedo y la cosa dejó de tener gracia. Nuevamente nos paramos, huimos del olor, nos golpeamos y retomamos a nuestro caminar serpenteante.
        Édrian se adelantó y dijo que iba a mear, que ya volvía. Prendí el último pucho que me quedaba y lo esperamos en el borde de la plaza. Sin embargo, el tiempo pasaba y nuestro amigo no volvía. A su vez, el olor a hamburguesa de los carritos me despertaba el hambre y el efecto del vino ya no era tan potente. Finalmente, a la quinta o sexta hora decidimos que no iba a volver, que era mejor salir a buscarlo. ¿En qué lugar se habría metido el muy hijo de puta? ¿A quién se estaría cogiendo por ahí, sin dignarse a armar orgía? Teníamos que encontrarlo, teníamos que cagarle la fiesta. Y si no lo encontrábamos, comprábamos otro vino y nos arruinábamos del todo. Sí Señor.
        Fuimos a la estación abandonada de trenes y a la estación de servicio también abandonada, pero ni rastro de él. Tampoco lo encontramos entre los boliches, ni en la plaza cuando regresamos. Entonces el Negro dijo que él se pagaba un vino en el Ombligo. En el momento, la idea no me pareció para nada mala. Allá fuimos.

        En el Ombligo estaban todos los chetos tomando sus tragos y masticando sus chicles, fumando sus cigarros extralargos, apoyados en los tacos de pool, esperando su turno para tirar y mirando los culos exuberantes de las delicadas muchachas. Le pedí un cigarro a uno; me miró con cara de orto pero no me lo negó. No era un mal comienzo. En el lugar habían piezas para ir a coger arriba, todas rosadas y a la moda. Este pretendía ser un lugar yik. La música no quedaba por fuera: alternaban en el aire una cumbia terrajona que hablaba de tangas y pasta base, y algún que otro rock argentino de los 80's, sofisticado, con pretensiones inglesas, pero con la inteligencia bonaerense impresa entre sus estribillos. La música retumbaba en los parlantes fashions colocados en los vértices del lugar, tanto arriba como abajo, destrozando toda capacidad de raciocinio. Finalmente, la cumbia dio paso a la mierda electrónica, esa cosa donde un tipo que ha perdido la capacidad de masturbarse agarra una computadora y empieza a mezclar sonidos y efectos garcha que él mismo está incapacitado de crear.
        En fin, la música me hinchaba los huevos, la cara del tipo que atendía me hinchaba los huevos, los tipos con sus tragos en mano me hinchaban los huevos. Y cuando iba a decirle al Negro que todos esos los locos canarios de mierda engreídos machitos pija grande nenes de mamá pedazos de imbéciles mal cagados y todas esas locas de peinado y teñido postmoderno que buscaban atraer a los tipos antes mencionados para sentirse bien y alcanzar la completitud y finalmente un día quitarles toda esa libertad y juventud de la que se estaban jactando, todos ellos eran una mierda; cuando se lo iba a decir, ya el Negro estaba perdido...
        Sentado en un taburete frente a la barra, había sido rodeado por un par de minas, de pollera negra y maquillaje profundo. Bueno, no estaba mal. Se lo dije al Negro. Se rió, y no me dio bola. Tenía la cara perdida y un poco de baba saltando de su boca a su camisa nueva. Por suerte, ya había comprado el vino y lo tenía en la mano. Se lo saqué y me lo puse bajo el brazo. Acto seguido, intenté levantarme a alguna de las locas, pero ambas me echaron a la voz de “andate gordo barbudo y feo, andá a hacerte una paja gordo pajero”. Y me fui nomás, no sin antes patear un parlante y escupir un vidrio. Mientas el gargajo azul descendía lentamente, yo emulaba su velocidad saliendo del boliche a paso muy ralentizado y solemne. Alguien me dijo algo. Le mostré la cadena; problema resuelto.
        -Váyanse a cagar- grité. Negro hijo de puta, siempre lo mismo. Su miembro de mierda, se lleva todas las minas, sólo por ser negro. Ni siquiera se había dado cuenta de que me había ido. Bueno, tampoco tanto problema si al fin y al cabo tenía el vino en mi poder... Y un cigarro, con gusto a Lancome París, pero cigarro al fin, para acompañar  los primeros tragos.
        Lo prendí y me senté en el cordón de la vereda de enfrente al Ombligo. Empecé a tomar. ¡Qué bueno sentir el vino nuevamente en la sangre! Y entre trago y trago fui perdiendo la noción del tiempo, recordando que estaba irremediablemente solo y perdido, abandonado a mi suerte. Las cadenas decadentes de mi chamarra fueron haciéndose concientes que no estaba ella, ni ninguna otra ni nadie. Que estaba frío y que unas buenas tetas no me harían mal, o un beso tibio, o un puede ser con el que soportar algunos sábados más de este invierno. Y yo sentado, viendo pasar la vida como veía pasar un hilillo de agua podrida entre mis piernas...
        Las mujeres eran de ellos. Tema viejo ya, tema viejo... Yo tan vil, tan gordo, tan desprolijo, tan pendejo y ellos todos príncipes de la vida. Ellos, tan bonitos, tan camisitas blancas, tan educados, tan con dinero para tomarse muchos tragos, y comer muchas pizzas y fumar muchas cajas de Malboro. De ellos es la tierra y de ellos ha de serla, de los buenos.
Entonces, de un momento a otro, empecé a moverme por la vereda. A medida que caminaba iba tomando baldosas sueltas o cascotes del suelo, los aferraba a mis manos y luego los tiraba contra la calle, los pateaba y los volvía tomar. Luego de un rato pude ver las heridas en mis manos, pero no me dolían, no podía sentirlas. Sólo había el eco lejano de una punzada y el horror pequeñísimo de saber que el dolor ya habría de
venir.
        Seguí mi camino sin rumbo, dándome contra los portales y las rejas de las casas. Recuerdo entonces haber prendido un cigarro de cuyo donante no tengo el menor recuerdo. Fumé. Luego caí al piso. Me paré. Con pasos tambaleantes me dirigí a la esquina del sauce a mear, algo irónico por cierto. El sauce ocupa todo el terreno baldío y cubre a todos los vagos y borrachos que necesitan mear en la noche. Yo no era una
excepción.
        El alcohol se me salía por los poros, y aunque andaba con la botella de vino, ya no tomaba. No me sentía mal, pero sentía el miedo y la excitación de quien está conciente de la inconsciencia de sus actos y lo sabe, de quién sabe que su conciencia viene en diferido y que entre el desear y el hacer no hay más límite que el desequilibrio de su propio cuerpo.
        Y mientras meo, aparece el Sapo, conocido homosexual de Willow Grove. Me pide un trago de vino, lo pienso con mi mejor cara de estupido y luego se lo niego, cayendo en los memorizados prejuicios. Me doy cuenta, siento culpa, y le regalo la botella, medida que parece conciliar mi espíritu de diversidad e igualdad con el miedo presente a tener que tomar del mismo pico que él. Entonces, el gordo del Sapo, de quien
cuenta la leyenda que en otros tiempos había sido músico, me dice que la tengo grande. Me subo el cierre. Lo miro, y me da asco la maraña de pelos en su cabeza. A pesar de todo, dejo que me baje el cierre y me la empiece a tocar. Estábamos tan en pedo... Y aunque tenía más vino que sangre, la hija de puta se terminó de entonar. ¡Qué viagra ni viagra: los cuerpos cavernosos llenos de vino y no sabe como le coge el nono! El Sapo me empezó a pajear y me dijo que iba a ser mejor en la casa abandonada. Para allá arrancamos.
        Vamos en la esquina de la casa, cuando diviso a Édrian media cuadra más adelante. Va con Matías y su novia, entremedio de los dos. Matías es un amigo de Édrian, de rasgos achinados, lentes de contacto con montura, pelo arreglado con gel y una pequeña joroba en la espalda. Comparte con Édrian el gusto por el metal. Mi amigo es el ídolo, el objeto de admiración de Matías. En cuanto a la novia, era morocha y flaquita, una pendeja con fama hecha fugazmente.
        Édrian iba haciendo eses, abrazando con la derecha a Matías y con la izquierda a su novia. Matías tomaba grandes tragos y había algo que no me cerraba del todo... Veía muy complaciente a Édrian, que cada vez que le llegaba la botella se la devolvía a Matías sin siquiera mojar los labios. Pero a mí no me importaba, tenía mis propios asuntos, y me faltaba bastante cordura como para interpretar ese tipo de situaciones.

        Entramos en la casa y me lo clavé. Cuando salimos, el cielo estaba más claro y la noche empezaba a agonizar. Habían pasado como 45 minutos. Me dolía la cabeza. Sentía culpa y pudor en todo el cuerpo, especialmente en la pija. Era como si la tuviera sucia, irremediablemente sucia para siempre y esa idea no se me quitaba de la mente. Haber sentido ese cuerpo junto al mío (ese cuerpo con sus olores, con su calor y su
sudores a alcohol, ese cuerpo pidiendo mi verga, apoderándose de todo) por más distancia que hubiera puesto, era algo que no se olvidaba, que mi imaginación recreaba a cada instante. Finalmente, sentía una debilidad generalizada, cuyos puntos neurálgicos estaban en mis rodillas. Decidí volver a la plaza, con el poco de fuerza y autoestima que me quedaban. Precisaba un cigarro, aunque supiera de antemano que me iba a caer para la mierda. De todas formas no lo tenía. Seguí mi paso amorfo. Llegué a la plaza.
        Subían por uno de sus bordes como quince tipos con palos, cadenas y cosas; parecía que iban a crucificar a alguien. De inmediato, la imagen me revivió el espíritu. Erguí la espalda, tomé mi cadena y decidí que era hora de pelear. A priori, se puede decir que mi bando era el de los romanos, aunque estaba por verse de quiénes se trataba.
        Me fui acercando a paso de malevo, acariciando mi cadena, y dándome gritos de aliento por dentro. Todo esto se ponía divertido, y podía aguantar una aventura más. ¿A quién hay que romperle los dientes? C’mon, let’s go. Me metí en el tumulto y todo pasó muy rápido. Una voz profunda, absurdamente trastornada por el vino, cruzó mi cabeza: “sabía que un día se la iban a dar”. Y es que los tipos estos se proponían quebrarle los huesos a Édrian. Cuando llegué hasta él lo puteaban, lo acusaban de basura, de hijo de puta, de Judas; lo amenazaban de manera constante y excesivamente violenta. A su lado, Matías que lloraba y maldecía a su novia, que de hija de puta lo había cagado con su amigo Édrian el Aio. Pobre Matías, tenía un pedo que se moría y sollozaba desesperado, diciéndole a un Édrian sorprendido que lo iba a perdonar. Le guiñé el ojo a mi amigo y no se me ocurrió mejor idea que alentar a Matías:
        -Pajero, ¿no ves que mientras lloriqueas acá, tu novia está en el parque con cinco negros de pija grande?
        -No es cierto...
        -Sí, es cierto, pedazo de un pelotudo. Si a tu novia le encanta la barita mágica, trota como las mejores y vos la tenés chiquita de pura sangre asiática que tenés. ¡Pajero!
        -No es cierto, no es cierto...
        Matías se seguía quejando, y los tipos de los palos me injuriaban con funestas palabras. Pronto me partirían la frente en dos, como si mi cabeza fuese una nuez. Y Matías que seguía lloriqueando, preguntándose porque... No pude contenerme y le dije:
        -Maricón, dejá de lloriquear, que te cagaron la vida. Andate a dormir.
        Y entonces se abalanzaron los locos y nos rompieron la cabeza. Tomé mi cadenay me decidí a dársela aunque fuera a uno. Lo logré. Luego me la sacaron y todo fue golpe y huída... Édrian tampoco resistió y cayó bajo una lluvia de piñazos. Nos dispersaron y nos hicieron correr. En fin, nos rompieron la cabeza rápidamente, sin la posibilidad siquiera de recomponer la secuencia de todas las acciones, de todos los
palazos, los gritos y las corridas. Todo había sido tan fugaz...
        Cuando cayó el Negro estábamos en pleno retroceder por la calle, defendiéndonos como podíamos. El Negro, que es un tipo tranquilo y bastante popular, medió con los locos. De alguna forma logró convencerlos de que el problema ya había sido resuelto, que Édrian estaba arrepentido. Los tipos desistieron de sus intenciones y regresaron a la plaza, junto a Matías. Nosotros arrancamos para la estación de ómnibus.
        Lo mejor de todo fue que nuestro Carlos de Valois trajo más vino, bajo cuyo efecto escribo esta historia. Nos sentamos en el banco de la estación. El Negro dijo que la joda ya había terminado, que tenía sueño y que le avisasen cuando llegara el ómnibus y ahí mismo se tiró a dormir. Yo y Édrian seguimos con el vino, a ver si curábamos las heridas que aún no sentíamos. Y así termina la historia.

        Quiero decir la de esta noche, porque en el puto barrio de Willow Grove siempre pasan cosas aburridas y grotescas que podré meter en esta mierda que pienso vender como literatura, en vista de que mis poemas pessoanos han pasado de moda y ya no mueven ni a una hormiga. ¿Y la comparación de la hormiga? ¡Ta! Estoy cansado, dolorido, magullado y sin demasiada cordura. Veremos de qué me acuerdo el lunes.



(1)Bueno, desde la fecha en que fue escrito el cuento hasta hoy, cuando es corregido, el problema del acné
no ha sido resuelto, lo que me hace creer que tampoco lo será en el futuro. Nota del corrector.







Hoski 5/7/06 – 30/9/06


Imágenes:
*I y II:  fotos de Bukowski, a manera de homenaje y en contexto adecuado.
III: Foto de Édrian Faicon (unos años después de esta historia)
IV: Foto de una funda de UCOT inter, destino Willow Grove, cortesía de Romina

2 comentarios:

  1. Buena la elección de muchas fotos, sobre todo la de Jim...Lástima, provino de esa cabeza llena de piojos...pero válido igual

    ResponderEliminar
  2. Muchos piojos y muchas sangijuelas que me chupan la sangre.


    Hoski

    ResponderEliminar